Viene mi manía hacia el Magisterio Español de los tiempos infantiles. Años en que uno, bien por ser niño, un poco idiota, o las dos cosas a la vez, no sabía muy bien que hacer, ni que decir. Ahora sigo sin saber muy bien qué palabras son las propias, las adecuadas, las que hay que usar en cada ocasión; la causa de este fenómeno está, a mi parecer, en una cierta sospecha que albergo de un leve Síndrome de Asperger, o algo se que se asemeja bastante, por parte de la familia materna. Uno de esos genes locuelos que de vez en cuando le hacen a uno tener que aclarar que, en realidad, el mayordomo que asesina a la señora al final de la película no sólo no es en verdad un mayordomo, ni un asesino, y que, de hecho, la sangre que inunda la pantalla tras la secuencia del crimen, es en realidad salsa barbacoa del Mercadona: Aquí ni el más inútil de los expertos en hematología podría estar en contra de mi veredicto.

Bien es cierto que ahora, ya con 34 meses de Marzo en mis espaldas, y unos cuantos litros de ginebra bien filtrados por mi fiel Garcinuño (esa víscera jovial que otros llaman tontamente “hígado”), sigo todavía sin saber muy bien lo que decir cuando me encuentro en un entorno desconocido. Pero si por parte de la familia materna heredé el gusto por cierto orden aburrido, la tendencia por la clarificación de conceptos, y un cierto pietismo cristiano de aspirante a monaguillo, pero admirador de Durriti, por la parte paterna adolezco, sin lugar a dudas, de cierto gusto por la abulia descabellada, la vagancia de salón, y el egoísmo de videoclub y biblioteca de novelas baratas.

Pero todo esto no tiene que ver son la verdadera razón que me ha impulsado a levantarme de la cama, ponerme unos pantalones para no escandalizar a mi vecina, y ponerme a escribir. Iba a hablar de los porqués de mi fobia al arte de atontar niños desde la más tierna infancia, y porqué cualquier persona cabal que se precie debe, como mínimo, sospechar constantemente de las diplomadas en Magisterio.

Lo malo es que esta tarde he quedado con una señorita despampanante, de esas que le hacen a uno bailar cosas horrendas aunque no quiera, que le hacen ir a sitios aburridos aunque no le apetezca, y que son capaces de desarmar al más bruto de los antidisturbios con una sonrisa cálida y de esas que casi se pueden morder como una magdalena contemporánea. De las que llevan crema por dentro. Es cierto que Maribel, que así es como se llama la gachí, tiene voz de pito, y hombros de camarero soviético con hambre. También es cierto que si ella ha decidido quedar conmigo a tomar café es porque tengo que devolverle unos apuntes de antropología que le pedí prestados cuando la peseta era, todavía, moneda de uso corriente en este país.

Y luego, además, está el tema del calor. Hoy casi me atropella una mariposa, y los gorriones han decidido darme una serenata bastante acorde con los tiempos que vivimos.
No, hoy no voy a escribir sobre mi asco hacia las profesoras de primaria, porque no quiero tragarme los tulipanes que he encargado si a Maribel le da por leer esta mamarrachada.

Mañana, si me rechaza, o aparece en una motocicleta agarrada a un señor que no soy yo, tal vez decida profundizar un poco más sobre este tema.

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Entro al baño del garito a mear.

Me encuentro a un par de tipos, que no se qué es lo que están haciendo. Me pongo en el urinario de en medio, para hacer pis.Entre ambos dos, que están nerviosos.

Ellos, cada uno, a cada lado, tienen esta conversación:

-Y entonces

-Entonces ¿Qué?

-¿Quién ha ganado las elecciones esas?

-Pues han ganado los del “Podemos”

-Y esos…¿Quienes son?

-Pues los que han ganado.

Yo trato de hacer pis pero no puedo. Cuando se alejan, si, puedo mear. Ellos siguen hablando. El más elegante de los dos, el más bajito, y que tiene cara de niño,  dice, en un alarde, algo parecido a “así no vamos a salir de la crisis”.

Por fin yo consigo evacuar el líquido de mi cuerpo, y, mientras lo hago, oigo una voz que me llama “compi”.

-¿El que? – digo, mientras me sujeto la chorra- ¿Qué dices?

-Nada, que si quieres…tema…

-No, no, paso: Muchas gracias…

-Ah, vale.

Ahí están los dos, que no saben que es “Podemos”, que se han asustado cuando he entrado en el baño. Esos dos. Un tipo alto y desgarbado, y un muchacho bajo de ojos azules, y piel color oliva.

Yo termino de hacer pis. Les veo agachados, en el water. Una cartera, dos cigarros, y dos rayas de cocaína. Me sorprende. Como siempre: Yo soy algo inocente en esos menesteres, y nunca me ha interesado que nada, ni nadie, se cuele por mi nariz.

Me escapo, o evito la situación con un simple “Hasta luego”.

Sigo en el bar, leyendo mis apuntes, bebiendo mi copa. A la media hora vuelvo al baño y me lo encuentro cerrado. Doy un golpe al pomo de la puerta. No se abre. No insisto.

Uno de ellos sale, y me ofrece un cigarrillo.

“Por las molestias, compi, que estábamos mi amigo y yo metiéndonos una raya”.

Yo, sin aspavientos, acepto el cigarrillo, aunque me estoy fumando uno, y digo “Gracias”. (Cuando uno se topa con adictos a la cocaína que no llegan a los 30 años, debe SIEMPRE evitar el discutir).

El tipo de piel aceituna me sonríe. Hay como un pacto secreto entre el y yo.

Entro en el baño. Hago pis. Miro al techo. Salgo, bebo un poco de mi copa, y leo los apuntes de lo que estoy estudiando. Métodos de estudio de castellano: Español para extranjeros.

Pienso en los cocainómanos que han parecido en frente mía. No es mi mundo. Yo no me meto cosas por la nariz, es algo que jamás me ha llamado la atención. Prefiero estar tranquilo leyendo, o bailando, o haciendo el tonto, antes que hablar con profundidad con esa gente, o tratar de seguirles el ritmo. No es mi rollo. Y no pasa nada. Cada cual lleva su ritmo.

Está bien, encontrarse con ese tipo de historias. Que te cuenten sus batallas, y aguantarles un ratito. Yo lo he hecho. En el pasado.

Pero no hoy. Hoy no me apetece: Estoy leyendo mis apuntes, pensando en mis azafatas, y en lo maravilloso que supone despertarse rodeado de gorriones.

Termino mi copa, tras llenarla de gominolas mordidas, y de escuchar musica italiana en Spotify.

Vacío el cenicero. Compro tabaco en la máquina. Hago la elegante finta de preguntar, otra vez, si todo está pagado.

Lo está. Como siempre.

Me pongo la chaqueta.

Recojo mis apuntes, y los pongo en mi bolso verde, que es una especie de mochila.

Saludo a los camareros, a la camarera. Les lanzo besos, y amor disimulado.

Y me voy.

Los cocainómanos del baño, esos dos amigos desesperados, y una cuarentona morena me dicen adiós con la mano, con un cariño aparentemente infinito.

Yo me voy a mi casa.

A dormir entre almohadas dulces, y armonías de susurros. Todos estos tipos no me interesan. No es parte de mi función.

Gan Ying fue un gran arquero de la antigüedad. No había bestia que no abatiera ni ave que no diera en tierra con sólo tender su arco. Tuvo como discípulo a Fei Wei. Éste aprendió de Gan Ying e incluso superó en habilidad a su maestro. Ji Chang fue, a su vez, discípulo de Fei Wei.

Fei Wei le dijo: “Primero tienes que aprender a no parpadear; luego podremos hablar de cómo se dispara un arco”. Ji Chang volvió a su casa, se tendió debajo del telar de su mujer y fijó los ojos en la cárcola. Al cabo de dos años no parpadeaba aunque le cayera en los ojos la punta de una aguja. Fue a contárselo a Fei Wei. Éste le dijo: “Aún no; debes aprender a aguzar tu vista y entonces te enseñaré. Cuando llegues a ver grande lo pequeño y nítidamente lo diminuto, ven a decírmelo.”

Chang colgó en la ventana un piojo atado a un pelo de rabo de buey y, cara al sur, fijó en él su mirada. A los diez días comenzó a ver el piojo cada vez más grande. A los tres años veía el piojo del tamaño de una rueda de carro, y cuando miraba las demás cosas, eran como cerros o montañas. Entonces, empuñando un arco hecho de cuerno de Yan y colocando en él una flecha de bambú de Jing, disparó sobre el piojo. Sin romper el pelo, la flecha le atravesó justo en el medio. Fue a decírselo a Fei Wei. Éste, saltando y golpeándose el pecho con los puños, le dijo: “¡Ya los has conseguido!”

Cuando Ji Chang hubo aprendido todo el arte de Wei, consideró que ya sólo le quedaba un único contrincante en el mundo y proyectó dar muerte a Fei Wei. Se encontraron en despoblado y se dispararon mutuamente sus flechas. Éstas chocaban a medio camino y caían al suelo sin levantar polvo. A Fei Wei se le agotaron las flechas. Ji Chang disparó la última que le quedaba. Fei Wei la repelió con la punta de un tallo de espino. Entonces ambos se echaron a llorar y, arrojando a un lado sus arcos, se saludaron uno al otro tocando con la frente en tierra. Unidos en adelante como padre e hijo, sellaron su juramento con un corte en el brazo y se comprometieron a no enseñar su arte a ninguna otra persona.

33. Esta mente voluble e inestable, tan difícil de gobernar, la endereza el sabio
como el arquero la flecha.
34. Esta mente tiembla como un pez cuando lo sacas del agua y lo dejas caer
sobre la arena. Por ello, hay que abandonar el campo de las pasiones.
35. Es bueno controlar la mente: difícil de dominar, voluble y tendente a
posarse allí donde le place. Una mente controlada conduce a la felicidad.
36. La mente es muy difícil de percibir, extremadamente sutil, y vuela tras sus
fantasías. El sabio la controla. Una mente controlada lleva a la felicidad.
37. Dispersa, vagando sola, incorpórea, oculta en una cueva, es la mente.
Aquellos que la someten se liberan de las cadenas de Mara.
38. Aquel cuya mente es inestable, no conoce la enseñanza sublime, y aquel
cuya confianza vacila, su sabiduría no alcanzará la plenitud.
39. Aquel cuya mente no está sometida a la avidez ni es afectada por el odio,
habiendo trascendido tanto lo bueno como lo malo, permanece vigilante y sin
miedo.
40. Percibiendo que este cuerpo es frágil como una vasija, y convirtiendo su
mente tan fuerte como una ciudad fortificada vencerá a Mara con el cuchillo de
la sabiduría. Velará por su conquista y vivirá sin apego.
41. Antes de que pase mucho tiempo, este cuerpo, desprovisto de la
conciencia, yacerá arrojado sobre la tierra, siendo de tan poco valor como un
leño.
42. Cualquier daño que un enemigo puede hacer a su enemigo, o uno que odia
a uno que es odiado, mayor daño puede ocasionar una mente mal dirigida.
43. El bien que ni la madre, ni el padre, ni cualquier otro pariente pueda hacer
a un hombre, se lo proporciona una mente bien dirigida, ennobleciéndolo de
este modo.
41. Antes de que pase mucho tiempo, este cuerpo, desprovisto de la
conciencia, yacerá arrojado sobre la tierra, siendo de tan poco valor como un
leño.
42. Cualquier daño que un enemigo puede hacer a su enemigo, o uno que odia
a uno que es odiado, mayor daño puede ocasionar una mente mal dirigida.
43. El bien que ni la madre, ni el padre, ni cualquier otro pariente pueda hacer
a un hombre, se lo proporciona una mente bien dirigida, ennobleciéndolo de
este modo.

Dhammapada, en sánscrito धर्मपद es una de las más famosas escrituras del Canon Pali. La versión moderna pertenece a un tal Müller, que la compilaría en Inglés en el año 1881. El origen, no obstante está en textos que datan del siglo III antes de Nuestra Era.

 

Cuando todo proceso de derrumbe llega a su fin, uno no puede sentirse más que aliviado.

Pero ese alivio no llega hasta que uno acepta los hechos como fueron: Un desastre más o menos amable, sin grandes sobresaltos, pero constante en el tiempo. El desastre es la pérdida de la identidad, y esta se fundamenta en el incumplimiento de la promesa. Siendo el último de los invitados uno posee todos los mapas de los huéspedes, conoce de todos sus errores, y lo que en un principio presuponía un fastidio, no puede si no ser un regalo que sirve de brújula casi perfecta.

Porque al que llega el último se le permite todo: El no es como los otros, no conoció la miseria, y llega con un pan debajo del brazo, y encima de la cresta de la ola.

En la cresta de la ola reside la promesa, su esencia. En eso y en el nombre del padre, en su reputación, en la entrevista radiofónica, en los carteles de las elecciones, en la cómplice mirada de quienes dicen que eres el más guapo de los hijos del antiguo concejal.

La promesa también se fundamenta, y no puede ser de otro modo, en la mentira.

Perdido el punto de referencia, el patrimonio sentimental, gracias a los devaneos y tumbos del cabeza de familia, sus hijos no pueden por menos que clamar al cielo por la perdida de la inocencia arrancada de cuajo. Y se vuelca la culpa en el olor a naftalina, en el aire polvoriento, en la sacristía y en la procesión, cuando, en realidad, nada de esto tiene sentido.

El menor, por costumbre, y hasta que despierta, cree que no puede hacer otra cosa que imitar la tradición familiar: El golpe de pecho, el llanto, el anhelo de una felicidad, que, en realidad, nunca fue para tanto. Y menos aún como para montar un drama decimonónico.

Pero llegar a esa conclusión, o, mejor dicho, descubrir que no hay nada más que merezca la pena que vivir, (y que esto no es precisamente un cataclismo), no resulta fácil.

Se da la circunstancia que andando por caminos viejos, uno puede perderse, y solo quedan fantasmas. Fantasmas que aburren, y que, además, sólo uno conoce. De nada vale compartir esa visión, hablar del miedo, de como sortear charcos y tramos intransitables, casi desnudo. Ni mucho menos vale echar la culpa a otros de que decidiésemos internarnos en la antropología de lo cotidiano. Pero claro, de esto uno no se da cuenta de lo inútil de transitar selvas ajenas hasta que tu otra familia (amigos y conocidos) te manda cariñosamente a hacer puñetas por insistir una y otra vez en lo mismo. Una y otra vez en lo mismo. Una y otra vez en lo mismo.

Hacerse el loco es, de lejos, la mejor opción para no volverse completamente demente: La violencia cotidiana se mitiga, te libras de cientos de tareas, puedes pasar una dulce vida sin grandes lujos (pero tumbado a la bartola), sin grandes sobresaltos, y lo más importante: Los idiotas, mezquinos, como los peligros se alejan de ti. Inmediatamente, y de una forma que no esperaría ni un general de brigada completamente sólo ante el enemigo más poderoso.

Y sabe uno íntimamente, sin esfuerzo, que no hay tal enemigo, que no hay tal comparación, que la lucha contra el viento es fútil, ridícula, y agotadora. Y sobre todo que en el cómodo tedio uno, aun en su aburrimiento mortal, es casi completamente feliz: No se cambiaría por ninguno de los hombres que pertenecen a eso que se llamó “generación”. Ni anhela a las muchachas que no saben ni siquiera que el loco miente. Es más, el que fuera un niño rubio huye de ellas bailando el mambo mientras lanza arroz a los prometidos.
No hay comparaciones, no hay victimismo, no sirve de nada. Sólo el íntimo mapa puede ser desenvuelto, y comprendido, cuando uno abandona completamente toda intención de retribución por parte de quienes, ni siquiera, saben hablar tu misma lengua.
Entonces un día tarde, muy tarde en la vida (o esa es la sensación que se tiene) uno fuma un cigarrillo y se da cuenta, sin querer, y sin pasión, de tres verdades ineludibles, y que son las necesarias para engrasar la máquina. Las auxiliares de enfermería más experimentadas, las mismas que entraron a trabajar cuando ni siquiera Adolfo Suarez era presidente todavía, han llegado a superar con creces a Wittgenstein y a Buddha.

He aquí los tres mantras unívocos:

-No es mi problema
-No es mi función
-De eso no se nada

Entonces empieza todo a resplandecer.
Desconozco, por completo, que es ayer y que es mañana. Y está bien así.

Wu-Ming el prisionero sin nombre
quiso volver a la isla hermosa
en la que un día nació ciego.

Durante veinte años en la cárcel
de las puertas de aquí al cielo
anheló libertad y maldijo su suerte,
y su estomago y los huesos fríos,

y el polvo seco que en la sangre habita
el mismo con sabor a muerte frívola
arena estéril del viento de verano.

Wu-Ming el prisionero sin nombre
echaba de menos el recuerdo de la amante
que nunca tuvo en su prisión de vida
y que jamás le esperaría en ninguna isla.

En las noches de invierno soñaba
con trepar a desconocidas azoteas
con beber de las fuentes de vino
y borracho susurrar “Os quiero a todos”.

Quería volver al lugar que no conocía
quería escapar de la celda fría
empapelando con modelos de revista
las paredes tristes de grises edificios.

El Emperador Azul y toda la corte de sabios
tenía por costumbre escupir a los prisioneros
pero Wu-Ming sabía imitar el canto de las aves
y fue el favorito de entre todos los bufones.

En tantos años de derrota
aprendió a reptar como una araña
y a tocar la cítara y a cocinar
pescados eternos de ríos secos.

Hasta tuvo una novia un par de días
una joven que hacía pan con las manos
una joven de ojos grandes y pelo negro
una joven que sonreía con todo el cuerpo.

Pero aquella muchacha se marchó una noche
con el más apto de los guardias del palacio
y Wu-Ming volvió a estar otra vez solo.

A veces en primavera el Emperador Azul
organizaba carreras de pájaros y bestias
y el prisionero favorito cantaba y bailaba
para animar el curso de todas las apuestas.

Intentó escapar varias veces. Es cierto.
Vosotros también lo habéis oído.

En una ocasión se marchó hacia el este
en un barco de polizón entre cajas
y se dedicó un tiempo a traficar con opio
y sueños que compraban magnates holandeses.

Luego tuvo que regresar a la prisión
porque en la corte echaban de menos su canto
también su risa, y parte del cariño sincero
que secretamente guardaba a los captores.

El más antiguo de los prisioneros,
éste muchacho de quien yo os hablo
estuvo trabajando escribiendo discursos
que acariciaban los rincones del imperio.

Wu-Ming planeó su muerte muchas veces
como un astrónomo que sabe exactamente
cuando han de apagarse las estrellas nuevas.

Pero otra vez atrasó su final
de una u otra manera vaga
al mirar su rostro en el espejo.

Y tomó la determinación de esperar
tal vez por desidia o cobardía
a la diosa amable que pudiera
acariciar y curar esas heridas.

En todo este tiempo llegó a ser muy respetado
la mano derecha de los nietos crueles
del Emperador Azul y sus ministros.

Wu-Ming plantó un cerezo en el patio
de la mejor prisión a éste lado del río,
un árbol débil como él mismo
pero amable, joven y hermoso.

Una tarde calurosa mientras contemplaba el horizonte
llego a todas las ciudades y pueblos la peor noticia:
El Emperador Azul había muerto asesinado.

Al fin estaba libre el prisionero
después de todo y tantos años.

Wu-Ming tomó la determinación definitiva
volver a la isla que contempló su nacimiento
y los primeros años de su triste vida.

Dejó la prisión muy deprisa
acompañado sólo por algunos libros
llevando consigo su sonrisa
y la feliz bendición de sus amigos.

Un botones de hotel, llega corriendo al despacho del director:

-Señor director, que hay un piloto desnudo persiguiendo a una azafata, también desnuda, por los pasillos del hotel.

-¿Y cómo sabe que son un piloto y una azafata?

-Porque lo único que ambos llevan puesto es unas gafas Rayban y un reloj Breitling.

El Señor Benny Hill rodeado de mozas

La próxima actualización no será tan breve. Ni tan mala. Espero…